Piense en la Sangre que Circula Por Sus Arterias,
y en Sus Pulmones, que Absorben el Aire Nutritivo
 
 
Jean des Vignes Rouges
 
 
 
Vista parcial de una pintura de Evgeni Gordiets
 
 
 
La interrelación entre el espíritu y el
cuerpo es tal que todo lo que altera al
uno modifica el funcionamiento del otro.
 
 
 
Temo que, a veces, mis exhortaciones le hagan considerar a su cuerpo como una especie de bestia remolona y solapada que es preciso tratar a garrotazos para imponerle frenos o impulsarla. [1]
 
Esto sería un grave error. Es verdad que nuestro organismo está penetrado de alma hasta tal punto, que puede admitirse que nuestra carne es modelada a golpes, dados desde el interior por el espíritu. Pero la “arcilla” de que estamos hechos tiene también sus leyes. La vida es una especie de alianza entre lo espiritual y la materia, cuyas cláusulas debe respetar la voluntad libre.
 
Entre las ideas curativas que debe mantener en usted están aquellas que han de incitarle a considerar al cuerpo como una especie de servidor que conviene emplear razonablemente y darle las gracias con efusión. Para convencerle de esta necesidad permítame que le recuerde algunas verdades elementales. La interrelación entre el espíritu y el cuerpo es tal que todo lo que altera al uno modifica el funcionamiento del otro. Por ejemplo, ¿razonaría usted con la misma justeza si se colocara cabeza abajo? ¿Tendría usted la misma fe en su brillante destino si sufriera de cólico? ¿Estaría usted dispuesto a adoptar actitudes heroicas, insolentes, provocadoras si a consecuencia de un ayuno minuciosamente graduado – y en prisión – se le hubiera hecho perder el tercio de su peso? En el curso de experiencias científicas se ha observado que el contenido de sal y calcio en el organismo influye considerablemente sobre la orientación de la sensibilidad y de las ideas. ¿Es necesario recordar que la diabetes nos hace irritables, la tuberculosis melancólicos y una enfermedad del hígado envidiosos?
 
Y recordemos la acción de las glándulas endocrinas sobre el psiquismo, que ha sido establecida muchas veces. Estados de alma como la cólera, la tristeza, la tendencia amorosa, la alegría, dependen del aporte excesivo o insuficiente de ciertas hormonas.
 
Del seno de su organismo surge incesantemente una multitud de sensaciones llamadas “cenestésicas”, a menudo imposibles de localizar, pero que, sin embargo, contribuyen ampliamente a hacer de usted el personaje que en realidad es. Las transformaciones químicas que se realizan en usted, los movimientos, los actos, los trabajos que usted ejecuta, las distensiones, los espasmos, las perturbaciones que sufren sus vísceras, etc., son otras tantas causas de sensación que asedian su conciencia y tienden a imponerle determinados modos de funcionamiento.
 
Surgen de todas partes estas sensaciones “cenestésicas”. De la piel, de los músculos, de la sangre, de la linfa, del líquido cefalorraquídeo, de los canales semicirculares [2] que le dan a usted el sentido del equilibrio.
 
Y en esa parte del alma – asimismo imposible de localizar – que se denomina lo inconsciente, ¿no resuenan muchos llamamientos? Innumerables instintos, tendencias, contenciones, inscritos misteriosamente en la masa nerviosa de su cuerpo y que reclaman satisfacción.
 
Uno se pierde en conjeturas acerca de la estructura material de todos estos deseos. Mas, ¿qué importa la imagen concreta que nos forjemos de ellos, si están en nosotros y los sentimos, siempre dispuestos a hostigar nuestra conciencia para que esta ordene lo que les satisfaga?
 
Usted comprende ahora que el desprecio de su propia carne no sería buena política, puesto que terminaría por arruinar el sostén de su espíritu. Piense, por consiguiente, en su cuerpo. Infórmese de las condiciones más favorables para su funcionamiento: higiene, aireación, alimentación, ejercicios, etc. No insisto sobre estos puntos que escapan a mis propósitos. Pero quiero que sepa “pensar en su cuerpo” con simpatía inteligente. Piense en la sangre que circula por las arterias; en los músculos acumuladores de energía; en los pulmones, que reclaman quince o dieciséis veces por minuto aire nutritivo; en el hígado, que silenciosamente elimina los venenos; en el cerebro, donde millares de células se organizan en cadena para servir al espíritu; en el sistema nervioso, que recibe mil vibraciones exteriores para constituir la rica personalidad de usted. Hablaba de un servidor; pero es más un ejército de criados a quienes debe vigilar y mandar.
 
El papel de jefe cúmplalo sin despotismo, pero sin debilidad. La mayor parte de sus subordinados conocen su misión y la llenan espontáneamente. Pero vigile para que sus exigencias naturales sean satisfechas. Y, sobre todo, nada de locuras en el ejercicio de su mando. No se imagine, sin pruebas, que la revuelta ruge entre las tropas de las células de sus tejidos. Sepa apreciar la situación táctica con serenidad. Vigile el abastecimiento, las municiones, es decir, la alimentación; organice la tarea de cada uno según la justicia a fin de evitar las “resistencias”. No dé a cada instante la orden patética de que los órganos se dejen matar sobre el terreno sin retroceder. Solo los malos generales salen de un grave contratiempo multiplicando las “misiones de sacrificio”.
 
En fin, honre su cuerpo. No es un vil guiñapo. Sin hacerle objeto de una admiración apasionada o de un ridículo amor “narcisista”, puede elevarlo al rango que merece como obra del Espíritu. A título de tal tiene derecho, no solamente a la consideración, sino a un afecto agradecido, y también algo místico.
 
NOTAS:
 
[1] Haga clic para ver otros escritos de Jean des Vignes Rouges. (CCA)
 
[2] Situados en el oído interno. (CCA)
 
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Jean des Vignes Rouges es el seudónimo literario del militar y escritor francés Jean Taboureau (1879-1970).
 
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El artículo “Respete Místicamente Su Organismo” es reproducido del libro “Cómo Practicar la Curación por el Espíritu”, Ediciones Cosmos, Buenos Aires, Argentina, 1955, traducción de Julio Hernández Ibáñez, pp. 98-100. El texto está publicado en los sitios web de la Logia Independiente de Teósofos desde el 17 de enero de 2024.
 
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