En los Andes el Padre, el Abuelo, el Árbol
y la Montaña Son Instructores Espirituales
 
 
Carlos Cardoso Aveline
 
 
 
Pintura de un paisaje andino, del artista peruano Reynaldo Charres Vargas
 
 
 
En la tradición andina la montaña, Apu, es vista como un Abuelo, y también como un padre y un maestro espiritual. Se trata de una fuente sagrada y solemne de inspiración divina.
 
El aprendiz no ve a su maestro como simplemente “una persona”. En las escuelas esotéricas auténticas del Oriente y del Occidente, la fuente de la enseñanza no está limitada al mundo humano. Los maestros de los Himalayas afirman en una de sus Cartas que el espíritu cósmico está presente en todas las cosas:
 
“Cada grano de arena, cada pedrusco o roca de granito, es ese espíritu [universal] cristalizado o petrificado.”  Y por lo tanto, encontramos este axioma en otra carta de los Maestros: “Los sermones pueden ser predicados incluso a través de piedras”.[1]
 
La divinidad, la Ley cósmica, está en todas las partes de la naturaleza. Por otro lado, la montaña es algo especial porque se eleva hasta un vasto mundo superior. Su misma atmósfera es distinta.
 
La canción “Pukullu” muestra cómo un devoto hace en los Andes su práctica espiritual  junto al Padre Montaña, y en eso, pide ayuda a sus hermanos los animales; o por lo menos al picaflor:
 
Pukullu [2]
 
En la cima de Pukullu
paja alta de oro,
a la hora en que canta el gallo,
a la medianoche,
me acerco a ti
para celebrar y para adorar.
Padre montaña,
no has de enojarte.
 
Dentro del pukullu
picaflor, esmeralda verde,
a la medianoche
mi compañero en el llanto,
ayúdame a implorar,
ayúdame a adorar,
no te niegues,
en el corazón de la montaña
tú creciste.” [3]
 
(Traducción de José María Arguedas, 1952)
 
El padre o la figura paterna es un símbolo del origen último, del punto más alto y supremo de nuestra consciencia, y de la severidad necesaria para vivir correctamente.
 
La madre y las varias figuras maternas son símbolos del amor, del  apoyo, de la vitalidad, de las fuentes de alimento y de la protección afectiva. Los sabios viven en las montañas, porque ellas hacen el puente entre la vida y el cielo.
 
La pérdida del padre es la pérdida de un maestro. El padre ya era adulto cuando llegamos al mundo. Perderlo es algo más grande de lo que se puede calcular. Sin embargo, por más viejo que sea, el padre de uno es él mismo un hijo. Es un aprendiz. Necesita volver a su origen, y renovarse.
 
Dice una canción andina tradicional:
 
Yunca
 
¿A dónde vas, padre mío?
Voy a la gran selva, voy caminando.
¿A qué vas, quién te lleva?
Cosecharé la dulce coca, voy solo.
¡Vuelve pronto, vuelve pronto!
te esperaré llorando,
te esperaré gimiendo.
 
En la montaña por donde debes pasar,
una bandera negra flamea.
En el abra que debes cruzar,
la yerba partida florece en mantos.
¡Qué corazón, qué corazón amargo,
al despedirse de la paloma amada!
 
Campanita de Paucartambo,
tócame la despedida.
Voy a la gran selva.
Ya no volveré jamás.
 
(Traducido por José María Arguedas, 1949) [4]
 
En la tradición esotérica las figuras del padre y del maestro se confunden. El padre, por su presencia especial en la línea del tiempo, pertenece al más-allá del hijo. El padre vino antes y se va antes. La madre y el padre son siempre la presencia inmediata de la trascendencia en la vida de uno.
 
Las peleas (muy humanas) de uno con sus padres son las peleas de uno en contra de sí mismo.
 
En la búsqueda de la sabiduría esotérica, el peregrino tiene que examinar profundamente – usando si es el caso algunos incómodos conceptos de Psicoanálisis – la dinámica de luz y sombra en su relación personal interna con la presencia de su padre y de su madre en su alma. La ecuación entre el yo inferior y el yo superior requiere vigilancia, autoconocimiento y realismo.
 
Hay una tensión  creadora en la relación entre maestro y discípulo. El aprendiz quiere saber más, pero también se resiste a aprender. Con frecuencia tiene la fantasía de ya saber más que el maestro. La arrogancia es una función infantil. La tensión pedagógica entre profesor y alumno a veces se pone difícil. Ella puede ser estudiada, por ejemplo, en  las Cartas de los Mahatmas. [5]  La compleja lucha psicológica entre el que sabe y el que no sabe aparece también en un cuento famoso de Jorge Luis Borges. [6]
 
Pese a los desafíos naturales, el Maestro espiritual es un padre, y el padre es un maestro. Esta idea constituye un principio básico del Libro de Disciplina de los discípulos de los Mahatmas, según podemos ver en el Memorando Preliminar de la Escuela Esotérica fundada por Helena Blavatsky en 1888.
 
No hay allí medias palabras.  
 
“Para el discípulo serio”, dice el documento, “su profesor ocupa el lugar del padre y de la madre. Porque, mientras los dos le dan a él su cuerpo y las facultades del cuerpo, así como su vida y su forma,  el profesor le muestra cómo desarrollar sus facultades internas para la adquisición de la Sabiduría Eterna.” [7]
 
Unos párrafos más adelante, el texto de la Escuela afirma:
 
“Aquel que no aleja la suciedad que puede haber sido lanzada por un enemigo sobre la organización paterna, no honra a sus padres y no se honra a sí mismo.” Tal individuo “ha nacido demasiado temprano en forma humana”. [8]
 
El maestro padre representa un árbol espiritual de vida, bajo el cual vivimos – mientras tenemos esa suerte. 
 
Una canción de los Andes describe una pérdida:
 
Elegía
 
Protectora sombra de árbol,
camino de vida,
limpio cristal de cascada
fuiste tú.
 
En tu ramaje anidó
mi corazón,
mi regocijo a tu sombra
floreció.
 
¿Es posible que te vayas
tan solo?
¿Ya no volverás a abrir
los ojos?
 
¿Por qué camino te has de ir
dejándome,
sin volver a abrir siquiera
los labios?
 
¿Qué árbol me prestará ahora
su sombra?
¿Qué cascada me dará
su canción?
 
¿Cómo he de poder quedarme
tan solo?
El mundo será un desierto
para mí.
 
(Traducido por Jesús Lara, 1945). [9]
 
Pero la fuente de la vida está en todas partes y nunca se va. 
 
La ley del universo hace necesario vivir a la vez la soledad y la solidaridad, el dolor y la bendición, la enseñanza y el aprendizaje,  la firmeza y la flexibilidad. La figura del padre maestro puede surgir en todo lugar:
 
Saywa
 
Tenías la figura de mi padre muerto,
saywa [10] de piedra.
Reverente, feliz, me acerqué a ti,
saywa de piedra.
La nieve en abrigo convertida,
saywa de piedra.
Mi pecho y mi sangre bañaron.
“Es mi padre que está de pie, vigilando”,
saywa de piedra.
“Es mi tierno padre, su aire, su mismo cuerpo”,
saywa de piedra.
“Diciendo, me acerqué a ti, reverente”.
Y no eras sino piedra, piedra y piedra,
que arrancó torrentes de lágrimas,
saywa de la cumbre,
de mis ojos sin consuelo;
engañosa saywa de la cumbre.
Más que la muerte es el engaño
la falsa imagen de la vida que tanto hiere,
triste apacheta.[11]
 
(Traducido por José María Arguedas, 1963) [12]
 
Seguramente puede haber una derrota, y una frustración, en la relación con el maestro padre. Pero la figura del Viejo es más veces y con más razón una fuente de contentamiento, confianza y fuerza.  
 
El maestro es un profesor de bienaventuranza: la felicidad incondicional es la hermana inseparable de todo teósofo bien informado.
 
El padre Sol, el padre Árbol y el Padre-Abuelo Montaña nos enseñan a celebrar la vida y  la luz, un día de cada vez, y a agradecer. La victoria está en el aprendizaje del alma.
 
NOTAS:
 
[1] La frase sobre “cada grano de arena” está en la Carta 15, mitad inferior de la página 131 de “Las Cartas de los Mahatmas”.  La frase sobre “los sermones” es acá traducida de la Carta II para Laura Holloway en “Letters From the Masters of the Wisdom – First Series”: ver la mitad inferior de la página 204.
 
[2] Pukullu: construcción de piedras planas, una especie de chullpas incaicas, e
interiormente una especie de catacumba. (Nota de Ernesto Quispe).
 
[3] Reproducido de las páginas 226-227 del libro “Literatura Quechua”, Edición, prólogo y cronología de Edmundo Bendezú Aybar, Biblioteca Ayacucho, Caracas,  1980, 439 páginas.
 
[4] De la página 218 del libro “Literatura Quechua”, Edición, prólogo y cronología de Edmundo Bendezú Aybar, Biblioteca Ayacucho, Caracas,  1980, 439 páginas.
 
 
 
[7]Collected Writings”, Helena P. Blavatsky, TPH, Estados Unidos de América del Norte, volumen XII,  p. 502.
 
[8] Collected Writings”, Helena Blavatsky, TPH, Estados Unidos, vol. XII,  p. 503.
 
[9]  De las páginas 31-32 de “Literatura Quechua”, de Edmundo Bendezú Aybar, Biblioteca Ayacucho, Caracas,  1980.
 
[10] Saywa: conjunto de piedras.
 
[11] Apacheta: conjunto de Saywas.
 
[12] De la página 241 de “Literatura Quechua”, de Edmundo Bendezú Aybar, Caracas, 1980.
 
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El artículo “El Maestro y la Figura Paterna” fue publicado en los sitios web asociados el  13 de agosto de 2022. 
 
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