Un Estudio Sobre la Cultura Andina Antigua
 
 
Jesús Lara
 
 
Cordones de khipus incas usados como sistema de registro y lenguaje gráfico.
 
Un  ejemplo de khipus
 
 
 
Los investigadores del pasado quechua sostienen que el Cuzco no conoció el lenguaje gráfico, vehículo indispensable para la perpetuación y desarrollo de la belleza escrita. Y robustecen su tesis con citas de Cieza de León, López de Gomara y los demás. Según ellos, los khipus no eran más que un medio rudimentario de que los quechuas se valían para ajustar sus cuentas. Los trozos de cordales anudados no podían servir sino para representar cifras, siendo del todo imposible admitir que hubiesen sido empleados como signos de un lenguaje gráfico.
 
En efecto, colocándonos en el ángulo desde donde los cronistas coloniales y sus secuaces de hoy contemplan el panorama del Incario, tendríamos a la fuerza que llegar a esa conclusión. Un pueblo semicivilizado como cree d’Orbigny, un pueblo de instituciones centralizadas en el puño de un tirano conforme juzgan Humboldt y tantos otros, era difícil que hubiese llegado a crear una escritura a base de un puñado de nudos multicolores. Pero un criterio desembarazado de prejuicios tiene que recorrer otro camino y buscar sus deducciones en un paraje bastante diferente.
 
¿Cuál fue la cantidad de khipus que los españoles encontraron en el Perú? Sobre este particular no nos ofrece dato alguno el pensamiento oficial; sus informaciones no sólo son escuetas sino incidentales y se reducen a decir que los Incas llevaban sus cuentas nudos de colores y que los encargados de ello se llamaban quipocamayos. La otra fuente, es decir, aquella que proviene de los que no conocieron otra consigna que la de la verdad, contiene revelaciones suficientes para llevarnos a una puerta abierta desde donde veremos un mundo del todo distinto de aquél que nos presentan los otros entre límites de hierro.
 
Blas Valera, jesuita, de los primeros mestizos que nascieron en el Perú, apartándose de los patrones establecidos para escribir sobre los Incas, nos transmite muy importantes referencias sobre los khipus. Por él y otros cronistas irreverentes sabemos que los cordeles anudados tenían múltiples aplicaciones y que en el Cuzco y otras poblaciones importantes existían edificios enteros destinados al archivo y conservación de ellos. Asimismo sabemos que muchos archivos fueron enterrados por los propios indios, quienes se valieron de ese recurso para salvar estos y otros de sus tesoros de la fiereza de los conquistadores. [1]
 
Después, cuando se vieron definitivamente sometidos a la esclavitud, no pudieron ya ni encontraron una razón para desenterrarlos; de modo que el saber de los Incas, en una buena parte, halló refugio en el seno generoso de la tierra. El resto de los archivos fue inexorablemente despedazado e incinerado. Bastante explícito se porta el padre Arriaga cuando en su “Extirpación de la idolatría” relata con lujo de pormenores la manera como fueron destruidos aquellos archivos y los resultados edificantes que se alcanzó con esa conducta. 
 
¿Qué propósito pudieron haber perseguido los Incas para llenar de khipus edificios enteros y cuál habría sido el interés español para borrar con saña tan implacable todo rastro de aquellos insignificantes nudos?
 
Si ellos servían para expresar un poco de aritmética, ¿por qué el clero tomó la destrucción de los cordeles como un medio eficaz para suplantar las viejas creencias con las católicas en la conciencia del pueblo? Dejaron en pie los españoles tantas cosas sin importancia; respetaron la vivienda, el traje, los métodos de vida, todo aquello que no ofrecía resistencia a la religión o a la política del nuevo orden. Un  rudimentario sistema de contabilidad representado por nudos de colores habría sido más bien objeto de curiosidad y de entretenimiento, y esto nos lo hubieran contado regocijados los cronistas; pero resulta extraño el celo con que el clero entregó a las llamas hasta el último nudo. Khipus encontrados en tiempos recientes en algunas tumbas han servido para las más peregrinas teorías de interpretación, las cuales, con todo, no se apartan del marco construido por los primeros cronistas.
 
Valera, en las largas transcripciones que Garcilaso intercala en su obra y que son el único tesoro que de aquel hombre extraordinario poseemos, se ocupa de la función de los khipus con harta sencillez, mostrando de manera natural su papel de lenguaje gráfico. Relata cómo, después de incorporada una provincia al imperio, el Inca hacía inscribir en los nudos de colores “las dehesas, los montes altos y bajos, las tierras de labor, las heredades, las minas de los metales, las salinas, fuentes, lagos y ríos, los algodonares y los árboles fructíferos nacidos de suyo, los ganados mayores de lana y sin ella”.
 
Antonio de Herrera se refiere con mayor precisión a este lenguaje. Enumera sus múltiples aplicaciones y afirma que los nudos servían de libros, pues ellos expresaban “cuanto pueden decir Historias, Leies, Cerimonias, i Cuentas de negocios”.  Aun va más lejos al narrar cómo en plena colonia las indias cristianas se confesaban por medio de los khipus en la misma forma como los castellanos lo hacían por escrito.
 
Garcilaso amplía más todavía el horizonte del servicio de los nudos, aunque sostiene que ellos no llegaron a constituir una verdadera escritura, sino un simple índice, una ayuda para la memoria. Pero es necesario tomar en cuenta que el insigne mestizo nació en 1539,  cuando el imperio yacía del todo arrasado. Él mismo declara que su infancia y su primera juventud transcurrieron atormentadas y enmarañadas en la guerra civil de los conquistadores, razón por la que no pudo enterarse debidamente del pasado de la raza materna. En los veinte años que vivió en el Cuzco, oyó contar muchas cosas, pero no todas ni las más importantes. Además, por entonces, la afición a las letras se hallaba apenas latente en él; de modo que no podía sufrir el acicate de ninguna inquietud por captar y recaudar con un fin determinado los elementos de la historia de los Incas. [2]
 
Pero no son estos únicamente los escritores que esclarecen el papel de lenguaje escrito que desempeñaban los khipus. Un religioso mercedario [3] que residió largos años en el Perú en los primeros tiempos de la colonia, nos facilita informaciones definitivas. Es Martín de Morúa, quien se ocupa de los cordeles anudados en su Historia de los Incas, escrita en el siglo XVI, y los presenta como una verdadera escritura que utilizaban los khipukamáyuj con asombrosa maestría. “Lo que se podía sacar de los libros se sacaba de allí”, dice el mercedario. El mismo cuenta que los conquistadores encontraron enormes cantidades de khipus, verdaderos archivos confeccionados y resguardados en edificios especiales por funcionarios de tres categorías.
 
Creemos haber llegado al punto en que sin vacilaciones podemos afirmar que los Incas tuvieron un lenguaje gráfico en los khipus. Sólo empleándolos como lenguaje gráfico pudieron anotar en ellos tanta diversidad de cosas, todas las que prácticamente pueden caber sólo en los fondos de una biblioteca.
 
Los quechuas guardaban en los cordeles su geografía, su demografía, su literatura, su historia, su astronomía, sus leyes, sus efectivos militares, su economía, en fin, todos sus conocimientos, como hoy día un pueblo civilizado cualquiera los puede tener en su bibliografía. No es posible admitir que semejante montaña de cifras, nombres, acontecimientos y conocimientos hubiesen sido conservados en las frágiles celdas de unos cuantos cerebros, a base del simple índice de los khipus, conforme pretenden concluir algunos investigadores. Para no olvidarlos ni desfigurarlos, habrían necesitado una capacidad que está todavía lejos de poseer el hombre.
 
En el caso de que los testimonios de Valera, de Herrera y Morúa no fuesen suficientes para derrumbar las murallas del criterio oficial, tenemos otros de incuestionable ejecutoria y nos viene de las manos del indio Guamán Poma. Este no sólo trae una ratificación para las informaciones de Valera y Morúa, sino que nos entrega nuevos y decisivos aportes. En diversos puntos de su “Nueva Corónica” se ocupa de los khipus como de una verdadera escritura. No los considera únicamente como medios de contabilización, sino de fijación del pensamiento en sus múltiples formas de expresión. No sólo hay contadores entre los khipukamáyuj, sino también y ante todo escribanos y escritores.
 
El escribano común (khipukamáyuj) existía en todo el imperio y era de diversas jerarquías, desde el tawantinsuyu khípuj qéwar inka, secretario mayor del Consejo Real, hasta el escribano que actuaba en las poblaciones de mínima importancia. Los escritores se llamaban qillqakamáyuj y se ocupaban de anotar los anales, las leyes, etc., desde la palabra del Inca hasta los sucesos menos importantes acaecidos en el vasto territorio. Inkap simin khípuj o qillqi inka se denominaba el secretario privado del monarca.  Juchha-khípuj eran los contadores y estadígrafos, y su número era considerable en el imperio.
 
En el folio 367, al referirse a las fuentes de donde recogió la historia de los primitivos habitantes del Perú – wariwiraqocha, purunruna, etc., declara que todos los datos le fueron leídos en khipus, por varios incas de los cuatro grandes territorios del antiguo Tawantinsuyu.
 
NOTAS EDITORIALES DE 2022:
 
[1] De esa manera los andinos ocultaron parte de su cultura de los colonizadores, reforzando la ilusión de que no tenían escritura. Una legítima actitud de resistencia y no-cooperación, que puede explicar a la vez el hecho muy probable de que el Inca Garcilaso mantuvo secreto sobre más de un aspecto interno de la tradición y la espiritualidad andina, debido a la censura y al peligro de persecución. (Carlos Cardoso Aveline)
 
[2] El Inca Garcilaso tenía motivos para no revelar con demasiada ingenuidad todo lo que sabía o pensaba. La cautela era necesaria. Por ello hizo  muchas revelaciones importantes citando textos inéditos de otros autores, como Valera. Cada párrafo del Inca estaba sujeto a la censura y aprobación – o por lo menos la tolerancia – de las autoridades españolas. El Inca, un gran pensador y un estudiante de la escuela neoplatónica, construyó una obra compleja en la cual no todo está en la superficie. Mantener una apariencia de lenguaje cristiano para evitar persecución, y bajo esta apariencia decir lo que importa, fue una técnica usada durante siglos por los místicos y filósofos, incluso rosacruces. En la carta número 49 de “Las  Cartas de los Mahatmas”, un Maestro de la Sabiduría escribe: “Eliphas estudió en los manuscritos Rosacruces (ahora reducidos a tres ejemplares en Europa). Estos exponen nuestras doctrinas orientales tomadas de las enseñanzas de Rosencreuz, quien, a su regreso de Asia, las revistió de un ropaje semi-cristiano, tratando de proteger a sus discípulos de la venganza clerical.” (Vea la página 402 en “Las Cartas de los Mahatmas”.) (Carlos Cardoso Aveline)
 
[3] Mercedario: miembro de la “Orden Real y Militar de Nuestra Señora de la Merced y la Redención de los Cautivos”, fundada en el año 1218 y más conocida como “Orden de la Merced”. (Carlos Cardoso Aveline)
 
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El artículo “Los Khipus Como Forma de Escritura” está publicado en los sitios web de la Logia Independiente de Teósofos desde el 01 de junio de 2026. Fue reproducido de la edición de febrero de 2022 de “El Teósofo Acuariano”, pp. 12-15. Forma parte originalmente del libro “La Poesía Quechua”, de Jesús Lara,  Fondo de Cultura Económica, México-Buenos Aires, 1947, 190 pp., pp. 49-53. Título original: “Los Khipus”.  En la transcripción, algunos párrafos largos fueron divididos en dos para facilitar la lectura.
 
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 Fotografía histórica de Helena Blavatsky
 
Helena Blavatsky (foto) escribió estas palabras: “Antes de desear, trata de merecer”. 
 
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