
Diez Puntos en Común Entre las Analectas de la
China Antigua y el Nuevo Testamento Cristiano
Carlos Cardoso Aveline

Estatua de Confucio
La sabiduría cristiana es una compilación de enseñanzas religiosas y filosóficas anteriores.
Lo mejor y más valioso que hay en el cristianismo fue tomado de la tradición judaica y de la sabiduría pagana, oriental y occidental. El fanatismo autoritario del clero cristiano, sin embargo, es más reciente. Surgió con la llegada de la Edad Media.
El Jesús del Nuevo Testamento no fundó ninguna iglesia ni estableció rituales. La narración de los Evangelios muestra que él cuestionó a las autoridades eclesiásticas de su época. Tras llamar “sepulcros blanqueados” a los sacerdotes, Jesús fue considerado hereje, apresado y torturado hasta la muerte.
Pocos siglos después, los seguidores de Jesús se aliaron con el poder imperial romano y comenzaron a torturar y matar en nombre de Dios.
Fue el cristianismo fanático el que dio origen al antisemitismo, un odio sistemático al mismo pueblo judío en el que nacieron tanto Jesús como sus discípulos directos, todos.
La tradición de rencor autoritario antijudaico fue radicalizada por el nazismo de Adolf Hitler, un líder político que adoraba la muerte y contaba con el apoyo de las iglesias alemanas de su época. A pesar de sus innumerables crímenes contra la humanidad, Hitler nunca fue excomulgado ni tan siquiera criticado, mientras vivió, por el papa de Roma.
Siempre es posible renovarse, y la religión que tiene a Jesús como Maestro no es una excepción. Para renacer en espíritu, el cristianismo debe descartar, en el siglo XXI, el autoritarismo burocrático y optar por la sabiduría universal. Aún existe una sabiduría cristiana que puede reavivarse, y ella tiene sus raíces en el mundo pagano. Entre las fuentes de conocimiento enseñado en el Nuevo Testamento están, además del judaísmo, el pitagorismo, el neoplatonismo, el budismo y el confucianismo.
La dimensión universal del cristianismo está viva y forma parte de la teosofía. Merece ser objeto de investigación. Pasará por un renacimiento. En este contexto, elaboramos a continuación un estudio comparado en el que enumeramos diez vínculos centrales entre la enseñanza de Confucio y la mística cristiana. En algunos casos, nos referimos también a otras tradiciones.
1. La Palabra y la Acción
Vivir es peligroso. Los seres humanos enfrentan serias tempestades personales a lo largo de la existencia, y en ciertas ocasiones el aprendizaje implica sufrimiento intenso.
Hablando sobre el tema del camino místico, Jesús enseña en Mateo 7:24-27:
“(…) Todo el que escucha mis palabras y las pone por obra será como el varón prudente, que edifica su casa sobre roca. Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y dieron sobre aquella casa, pero no cayó, porque estaba fundada sobre roca. Y todo el que me escucha estas palabras y no las pone por obra, será semejante al necio, que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y dieron sobre aquella casa, y cayó, y fue grande su ruina”.
Para la tradición china, decir que alguna cosa es antigua implica sugerir que es perfecta. Los hombres de los tiempos antiguos eran sabios. Y Confucio enseñó en sus “Analectas”:
“Los antiguos eran remisos en hablar porque les avergonzaba no llegar con los hechos a la altura de las palabras”. [1]
Dos párrafos más adelante, las Analectas (Lun Yu en chino) afirman:
“Confucio dijo: ‘El hombre superior desea ser lento de palabra y diligente en la acción’”.
En el párrafo XIII del libro V, Confucio afirma:
“Si Zigong había oído algo y no había podido ponerlo en práctica todavía, lo único que temía era el oír otra cosa antes de poner en práctica la anterior”.
La unidad o coherencia entre la palabra y la acción es fundamental para la sabiduría de todos los pueblos, así como para cada ser humano. Y este hecho se relaciona con la ley del karma.
En Mateo 7:15, Jesús afirma:
“Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestiduras de ovejas, mas por dentro son lobos rapaces”.
La idea del lobo viene de la Grecia pagana. En su diálogo “Sofista”, del siglo IV antes de la era cristiana, Platón escribe que un sofista – es decir, un mistificador que dice una cosa y hace otra – se asemeja a un sabio “como el lobo al perro, el animal más salvaje al más dócil”. [2]
Raramente es fácil enfrentar la hipocresía. Jesús enseña a distinguir entre el hombre sincero y el falso en Mateo 7:16-20:
“Por sus frutos los conoceréis. ¿Por ventura se cogen racimos de los espinos, o higos de los abrojos? Así que todo árbol bueno da buenos frutos, y todo árbol malo da frutos malos. No puede árbol bueno dar malos frutos, ni árbol malo frutos buenos. El árbol que no da buenos frutos es cortado y arrojado al fuego. Por los frutos, pues, los conoceréis”.
Los frutos de un árbol son sus acciones. Muchos siglos antes del cristianismo, Confucio enseñaba:
“Zai Yu dormía durante el día. Confucio dijo: ‘No se puede tallar la madera podrida, ni allanar con la paleta un muro de ramas y barro. ¿Qué voy a ganar con regañar a Yu? Antes, escuchaba las palabras de alguien y daba crédito a sus acciones. Ahora, cuando escucho las palabras de alguien, también observo su actuación. Yu es el que me ha hecho cambiar’”. [3]
2. Donde Haya Tres
El triángulo es la forma geométrica más básica, y una de las más armoniosas. Al igual que el número tres, el triángulo es sagrado. Une el cielo y la tierra. Integra tesis, antítesis y síntesis. Simboliza la Santísima Trinidad cristiana: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y la trimurti hindú: Brahma, Vishnu y Shiva. Es la gran tríada china: Cielo, Ser Humano y Tierra. Representa los tres grandes niveles de la consciencia humana, como enseñaban los griegos: Espíritu, Alma y Cuerpo.
En Mateo 18:18, vemos la relación entre el cielo y la tierra, o sea, entre la consciencia divina, trascendente, y la consciencia terrestre, práctica, que mantiene los pies sobre el suelo:
“En verdad os digo, cuanto atareis en la tierra será atado en el cielo, y cuanto desatareis en la tierra será desatado en el cielo”.
Después, en Mateo 18:19-20, surge la noción de los triángulos en la conexión entre cielo y tierra:
“Aún más, os digo en verdad que si dos de vosotros conviniereis sobre la tierra en pedir algo, os lo otorgará mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.
El “Padre que está en los cielos” es una personificación de la Ley Universal. En la filosofía esotérica de Helena Blavatsky, el triángulo es también Atma (Padre), Buddhi (Hijo) y Manas (Humanidad).
En las Analectas o Lun Yu de la China antigua, podemos leer:
“Confucio dijo: ‘Cuando somos tres los que marchamos juntos, los otros dos pueden ser mis maestros; de ellos tomo sus buenas cualidades y las sigo, mientras que evito las que tengan malas’”. [4]
3. El Círculo Interno de la Enseñanza Esotérica
Desde Pitágoras, en Occidente, la enseñanza esotérica se transmite entre quienes han asumido compromisos profundos con el camino del altruismo. El motivo es simple: solo ellos pueden entender la filosofía universal. Por eso Helena Blavatsky escribió lo siguiente en las páginas iniciales de “La Voz del Silencio”, uno de sus libros más importantes:
“Dedicado a los Pocos”.
De hecho, no son muchos quienes deciden dedicar su vida entera a la búsqueda de la sabiduría. Por eso los instructores suelen dar más información a los Pocos que al público amplio, cuyo interés es superficial.
Refiriéndose a Jesús y sus discípulos directos, el Evangelio según Marcos (4:10-12) afirma:
“Cuando se quedó solo, le preguntaron los que estaban en torno suyo con los Doce acerca de las parábolas; y Él les decía: ‘A vosotros os ha sido dado conocer el misterio del reino de Dios, pero a los otros de fuera todo se les dice en parábolas, para que mirando, miren y no vean; oyendo, oigan y no entiendan, no sea que se conviertan y sean perdonados’”. [5]
En ausencia de una búsqueda auténtica, o cuando no hay discernimiento por parte del aprendiz, el Maestro no puede enseñar. Cuando el discípulo no está listo, el Maestro no aparece. El lado interno de la enseñanza es revelado solamente a quien ha decidido personalmente recorrer el camino de la verdad mayor. Desde una perspectiva oriental, las Analectas de Confucio enseñan la misma distinción entre el público amplio y el estudiante que ha asumido un compromiso serio consigo mismo:
“Zigong dijo: ‘Los escritos y palabras de Confucio pueden ser oídos por todos, pero lo que el Maestro dice sobre la naturaleza del hombre y la Vía ordenada por el Cielo no puede ser oído por todos’” (libro V, párrafo XII).
4. No Dar Perlas a los Puercos
Hay razones prácticas para establecer una diferencia entre las enseñanzas públicas y las privadas. Una de ellas es señalada en Mateo 7:6. Allí, Jesús recomienda:
“No deis las cosas santas a los perros ni arrojéis vuestras perlas a los puercos, no sea que las pisoteen con sus pies y revolviéndose os destrocen”.
Y podemos leer lo siguiente en el libro VII, párrafo VIII, del “Lun Yu” o “Analectas”:
“Confucio dijo: ‘No descubro las verdades a quien no está deseoso de descubrirlas, ni hago salir de ninguno nada que la propia persona no quiera exhalar. Yo levanto una de las esquinas del problema, pero si el individuo de que se trate no puede descubrir las otras tres a partir de la primera, yo no lo repito más’”.
Desde otra región de Oriente, el maestro budista zen Nyogen Senzaki escribe:
“Rennyo, abad de Hongan-ji, le preguntó a Ikkyu, maestro zen contemporáneo: ‘He oído que eres un ser iluminado. ¿Es verdad?’. Ikkyu respondió: ‘Yo nunca he dicho semejante sandez’. Probablemente no sirvió de nada hacer una demostración tan brillante de zen (…). Un proverbio oriental dice: ‘No sirve de nada enseñarle un lingote de oro a un gato’”. [6]
En el Antiguo Testamento cristiano y en el Tanaj (Biblia) judaico, vemos, en Proverbios 23:9, que el rey Salomón enseña:
“No hables a oídos del necio, que despreciará tus sensatas razones”.
En la tradición árabe, una enseñanza famosa de “Las mil y una noches” afirma:
“Quien hace el bien a quien no se lo merece actúa como quien da hospitalidad a una hiena”. [7]
Como dice el refrán, “a buen entendedor, pocas palabras bastan”. Y, para el mal entendedor, ninguna cantidad de palabras es suficiente. El peor sordo es el que no quiere oír; hablarle es inútil.
Sin embargo, este principio se aplica especialmente a los aspectos más profundos de la sabiduría. En términos generales, la enseñanza se da a todos, sin excepción. Al inicio de sus Proverbios, Salomón afirma y pregunta:
“La sabiduría está clamando fuera, alza su voz en las plazas, clama encima de los muros, en las entradas de las puertas de la ciudad, y va diciendo: ¿Hasta cuándo, simples, amaréis la simpleza, y petulantes os complaceréis en la petulancia, y aborreceréis, necios, la disciplina?”.
Nadie debe sentirse necesariamente como un vencedor ante tal desafío. Cada estudiante sincero ha de hacer un autoexamen honesto al preguntarse:
“¿Hasta qué punto no soy un necio que pisotea las ‘perlas’ y desprecia las oportunidades de las que está rodeado? Tal vez la vida me haya dado ya innumerables oportunidades, que aproveché o no. Y probablemente será imposible que un verdadero Maestro me enseñe si ni siquiera soy capaz de aprovechar por completo la enseñanza que ya está a mi alcance”.
Cada uno debe responder estas y otras preguntas semejantes en el silencio de su corazón. Podemos mejorar nuestro aprendizaje en las próximas encarnaciones, pero nada nos impiden aprovechar mejor cada instante de la vida actual.
5. La Viga y la Paja en el Ojo del Aprendiz
A lo largo de la búsqueda de la sabiduría, existe el peligro real de ser demasiado duros con los demás y excesivamente blandos con nosotros mismos. Al respecto, Mateo 7:1-5 afirma:
“No juzguéis y no seréis juzgados; porque con el juicio con que juzgareis seréis juzgados, y con la medida con que midiereis se os medirá. ¿Cómo ves la paja en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo? ¿O cómo osas decir a tu hermano: ‘Deja que te quite la paja del ojo’, teniendo tú una viga en el tuyo? Hipócrita: quita primero la viga de tu ojo y entonces verás de quitar la paja del ojo de tu hermano”.
Y Confucio indica la misma solución en las Analectas:
“El que se exige mucho a sí mismo y echa pocas responsabilidades sobre los demás se mantendrá lejos de quejas y murmuraciones”. [8]
Este principio se relaciona con el principio estoico, enseñado por el filósofo Epicteto, que manda hacer lo que está a nuestro alcance y no perder energía con lo que está fuera de nuestro alcance o no depende de nosotros. Y Gautama Buda enseña lo siguiente en la gran escritura budista, el “Dhammapada”:
“Mejor que el hombre que vence mil veces a mil hombres en combate es aquel que se vence a sí mismo. Este es, en verdad, el guerrero más poderoso. La victoria sobre uno mismo es mejor que la victoria sobre los demás. Ni Brahma, ni Mara, ni tampoco un deva (dios) o un gandharva (músico celestial) podrían convertir en derrota la victoria de aquel que siempre practica el autocontrol”. [9]
6. Las Virtudes Son Inseparables Unas de Otras
Ninguna cualidad positiva puede desarrollarse de modo aislado. En su texto “Saludo a las Virtudes”, san Francisco de Asís escribió:
“¡Salve, reina sabiduría, el Señor te salve con tu hermana la santa pura sencillez! ¡Señora santa pobreza [10], el Señor te salve con tu hermana la santa humildad! ¡Señora santa caridad, el Señor te salve con tu hermana la santa obediencia! ¡Santísimas virtudes, a todas os salve el Señor, de quien venís y procedéis! Nadie hay absolutamente en el mundo entero que pueda poseer a una de vosotras si antes no muere. Quien posee una y no ofende a las otras, las posee todas. Y quien ofende a una, ninguna posee y a todas ofende (…)”. [11]
Por su parte, Confucio ya enseñaba:
“La virtud no se queda sola, el que la practica tiene por fuerza vecinos”. [12]
7. El Principio de la Moderación
La moderación en los asuntos mundanos permite al buscador estar más atento a las cosas de la sabiduría, y lo mantiene libre de exageraciones peligrosas. El Eclesiástico 37:30-33 aconseja:
“Hijo, sobre tu vida consulta a tu alma, mira lo que le es dañoso y no se lo des. Porque no todo conviene a todos, ni a todos les gusta todo. No seas insaciable en el festín suntuoso, y no te eches sobre los manjares exquisitos. Porque en los muchos manjares anida la enfermedad (…)”.
La primera epístola de Pablo a los Corintios refuerza la idea:
“Todo me es lícito, pero no todo me conviene. Todo me es lícito, pero yo no me dejaré dominar de nada” (1 Cor 6:12).
En su novela “Horizontes perdidos”, James Hilton escribió que un sabio debe ser moderadamente moderado. Es decir, no hay que exagerar ni siquiera en la austeridad. La lección es budista y señala el Camino Medio. Y el taoísmo enseña lo mismo a través de la unión con el principio universal del equilibrio, el Tao.
Conceptos recientes como el de desarrollo sostenible y preservación ambiental dependen del mismo principio de la simplicidad voluntaria. Las Analectas nos transmiten la siguiente enseñanza:
“El Maestro pescaba con caña, nunca con red, y disparaba a los pájaros, pero no a los que reposaban en las ramas de los árboles”. [13]
Confucio enseñaba la moderación por medio del ejemplo práctico.
8. Busca y Hallarás
En Mateo 7:7-8, el Jesús del Nuevo Testamento afirma:
“Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque quien pide recibe, y quien busca hallará y a quien llama se le abrirá”.
Este antiguo principio se refiere a la ley del karma: quien siembra, cosecha. Y guarda relación, naturalmente, con la sabiduría. Si alguien pide cosas egoístas, difícilmente será respondido de modo satisfactorio. Si pide sabiduría en su corazón, será gradualmente respondido según su merecimiento, y para eso no habrá límite más allá de lo establecido por la siembra que llevó a cabo.
Las Analectas abordan la cuestión:
“Confucio dijo: ‘¿Son las virtudes algo lejano? En cuanto quiero ser virtuoso, inmediatamente alcanzo la virtud’”. [14]
Es decir, estamos en todo momento rodeados de oportunidades ilimitadas. Quien tenga ojos para ver las verá, y las aprovechará.
9. La Ética Ante los Enemigos
Hay un tema en el que Confucio y el Nuevo Testamento aparentemente divergen. Hace referencia a la Ética que debe tenerse ante los enemigos. La contradicción, sin embargo, está más en el nivel de la letra muerta que en el plano del contenido. En las Analectas, tenemos:
“Alguien dijo a Confucio: ‘¿Qué pensáis de la devolución de virtud por ofensa?’ Confucio contestó: ‘¿Y con qué pagaríais entonces la virtud? A la ofensa se contesta con justicia y a la virtud con virtud’, concluyó el Maestro”. [15]
Hay que examinar con calma el motivo práctico por el cual debemos actuar así. Alguien preguntó a Confucio cómo gobernar bien. El Maestro respondió:
“Eleva a los rectos y pon a un lado a los torcidos y los súbditos se someterán; eleva a los torcidos y pon a un lado a los rectos y no se someterán”. [16]
En la época de Confucio, por tanto, la idea incluida en el Evangelio sobre reaccionar pasivamente a una agresión ya era conocida.
En Mateo 5:38-40, Jesús afirma:
“Habéis oído que fue dicho: ‘Ojo por ojo y diente por diente’. Pero yo os digo: no resistáis al mal, y si alguno te abofetea en la mejilla derecha, dale también la otra; y al que quiera litigar contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto (…)”.
Aparentemente, hay una contradicción sin salida y una discordancia sin remedio entre Jesús y Confucio.
La idea central de Jesús está en la prohibición de la venganza, que el confucianismo no aprueba. El propio judaísmo no recomienda la venganza. La ley del talión u “ojo por ojo” busca, en realidad, evitar la escalada en los conflictos y afirma la necesidad de una respuesta o defensa que sea moderada, proporcional al ataque.
El Jesús del Nuevo Testamento reconoce la complejidad de la vida. Su afirmación radicalmente pacifista cuando recomienda “dar la otra mejilla” a los agresores es paradójica y contraria a su propia enseñanza en Mateo 10:34-39:
“No penséis que he venido a poner paz en la tierra; no vine a poner paz, sino espada. Porque he venido a separar al hombre de su padre, y a la hija de su madre, y la nuera de su suegra, y los enemigos del hombre serán los de su casa. El que ama al padre y a la madre más que a mí, no es digno de mí, y el que ama al hijo o a la hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la perderá, y el que la perdiere por amor de mí, la hallará”.
Este pasaje de Jesús contiene una dura lección sobre impersonalidad. Es necesario ver con desapego nuestros vínculos personales más íntimos. Es ahí donde se da un combate en el que la espada de la verdad es indispensable; un combate contra la falsa paz de la rutina y la comodidad. No se trata de buscar entrar en conflicto con las personas más próximas a nosotros. Se trata, eso sí, de combatir nuestro apego o rechazo a ellas. Así, el clásico teosófico “Luz en el Sendero” afirma, en su segunda serie de reglas para el discípulo: “(…) Nadie es tu enemigo; nadie es tu amigo. Todos son tus instructores”.
Entre el extremo de la mansedumbre total y el extremo de la bravura total, existe el amplio terreno de experimentación del aprendiz, hasta que su sabiduría y su sentido común despierten.
La idea de justicia o de perdón para los enemigos depende también de la correlación de fuerzas y de las intenciones existentes en cada momento. La vida es dinámica.
En el “Upasakasilasutra” o “The Sutra on Upasaka Precepts” [17] hay un fragmento en el que se recomienda, ante los enemigos, no exactamente dar la otra mejilla, sino “retribuir con el bien” de modo activo y no pasivo. Esta actitud parece combinar Justicia, Compasión y Discernimiento. El “bien” con el cual se debe responder al mal es la justicia. Y la justicia es inseparable de la verdad, del rigor y de la compasión.
Hay un relato budista que aborda este punto. [18]
Un discípulo budista viajaba por un bosque cuando surgió ante él un asaltante. Mientras el ladrón se preparaba para matar al religioso, este pensó únicamente en el karma terrible que el criminal estaba atrayendo hacia sí.
De este ejemplo podemos concluir que si queremos el bien de un criminal – sea este un ladronzuelo de poca monta o el presidente de la república –, lo mejor que se puede hacer es tomar medidas para que no repita el crimen.
Si podemos evitar que cometa su primer crimen, esa será la mejor opción. Pero jamás debemos invitarlo a continuar en el camino de la injusticia.
10. El Carácter Pagano de la Regla de Oro
El décimo ejemplo es la famosa regla de oro. Sus orígenes también son paganos, pero se la considera una de las recomendaciones más importantes de los Evangelios, y constituye una clave ética para la liberación humana respecto del dolor. Al formularla, el Jesús del Nuevo Testamento afirma:
“Por eso cuanto quisiereis que os hagan a vosotros los hombres, hacédselo vosotros a ellos, porque esta es la ley y los profetas” (Mateo 7:12).
Cinco siglos antes de la legendaria vida de Jesús, Confucio ya enseñaba en la vieja China:
“Lo que no quiero que los demás me hagan a mí tampoco se lo hago yo a los demás”. [19]
La misma idea sagrada aparece en la filosofía de Pitágoras, que vivió medio milenio antes del cristianismo.
Sexto, el pitagórico, escribió en sus Sentencias:
“Trata a tu prójimo como quieras que tu prójimo te trate”. [20]
Diógenes Laercio cuenta que en cierta ocasión le preguntaron a Aristóteles (382 a. C. – 322 a. C.) cómo debemos comportarnos con nuestros amigos. Y Aristóteles respondió:
“Como desearíamos que ellos se comportaran con nosotros”. [21]
El Antiguo Testamento de ciertas versiones de la Biblia incluye el libro de Tobías, que, según los investigadores cristianos, fue escrito probablemente en el siglo II antes de la era cristiana.
En él encontramos el mismo principio:
“Lo que no quieras para ti, no lo hagas a nadie” (Tobías 4:15).
Nada de esto, naturalmente, impidió al irreverente Bernard Shaw advertir contra la interpretación literal de las escrituras. Shaw prefiere dar un consejo diferente:
“No hagas a los demás lo que quieres que te hagan: sus gustos pueden ser diferentes de los tuyos”. [22]
Aunque esta advertencia irónica contra la obediencia ciega sea válida, la regla de oro es de una importancia incuestionable. Al enseñar este precepto, el Jesús del Nuevo Testamento valora y preserva la sabiduría oriental, y la trae a Occidente.
NOTAS:
[1] “Los cuatro libros” de Confucio, RBA Coleccionables, Barcelona, España, 2006, traducción, selección y notas a cargo de Joaquín Pérez Arroyo, 366 pp., Analectas, libro IV, párrafo XXII, p. 69.
[2] “Diálogos V”, Platón, Biblioteca Clásica Gredos, 117, Editorial Gredos, Madrid, España, 1992, p. 368.
[3] “Los cuatro libros” de Confucio, RBA Coleccionables, Barcelona, España, 2006, Analectas, libro V, párrafo IX, p. 73.
[4] Obra citada, Analectas, libro VII, párrafo XXI, p. 86.
[5] Vale la pena ver también Mateo 13:10-17.
[6] “La flauta de hierro: antología de 100 koans zen”, de Nyogen Senzaki y Ruth Strout McCandless, colección Arca de la Sabiduría, Editorial Edaf, Madrid, España, 2001, pp. 34-35.
[7] “A Sabedoria dos Árabes”, selección de Ary de Mesquita, Ediouro/Tecnoprint, Río de Janeiro, 114 pp., 1986, p. 80.
[8] “Los cuatro libros” de Confucio, RBA Coleccionables, Barcelona, España, 2006, Analectas, libro XV, párrafo XIV, p. 137.
[10] “Pobreza”. La tradición oriental diría: “desapego, desprendimiento”.
[11] “San Francisco de Asís. Escritos. Biografías. Documentos de la época”, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, España, 1985, tercera edición revisada, p. 47.
[12] “Los cuatro libros” de Confucio, RBA Coleccionables, Barcelona, España, 2006, Analectas, libro IV, párrafo XXV, p. 70.
[13] Obra citada, Analectas, libro VII, párrafo XXVI, p. 87.
[14] Obra citada, Analectas, libro VII, párrafo XXIX, p. 88.
[15] Obra citada, Analectas, libro XIV, párrafo XXXVI, p. 131.
[16] Obra citada, Analectas, libro II, párrafo XIX, p. 58.
[17] “The Sutra on Upasaka Precepts”, Bukkyo Dendo Kyokai, Numata Center for Buddhist Translation, Berkeley, California, 1994, 225 pp., p. 60.
[18] Véase el artículo titulado “Perfect Patience”, de un autor anónimo, en la revista mensual india “The Theosophical Movement”, agosto de 2006, p. 328. Asociados de la Logia Unida de Teósofos, LUT, publican la revista.
[19] “Los cuatro libros” de Confucio, RBA Coleccionables, Barcelona, España, 2006, Analectas, libro V, párrafo XI, p. 73.
[20] “The Pythagorean Sourcebook and Library”, compilación y traducción de Kenneth Sylvan Guthrie, Phanes Press, Michigan, EUA, 1987, 361 pp., p. 268, frase número 20 de las “Sentencias de Sexto, el Pitagórico”.
[21] “Vidas y opiniones de los filósofos ilustres”, de Diógenes Laercio, Alianza Editorial, 2007, Madrid, España, traducción, introducción y notas de Carlos García Gual, p. 234.
[22] “Socialismo Para Milionários”, George Bernard Shaw, Ed. Ediouro, Río de Janeiro, 138 pp., pp. 120-121.
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El artículo “El Evangelio Según Confucio” fue traducido del portugués por el teósofo español Alex Rambla Beltrán. Texto original: “O Evangelho Segundo Confúcio”. La publicación en español ocurrió el 26 de diciembre de 2025.
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Helena Blavatsky (foto) escribió estas palabras: “Antes de desear, trata de merecer”.
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