
Un Proceso Circular de Renovación de la Vida
Carlos Cardoso Aveline

La resurrección que la Pascua cristiana conmemora anualmente está al alcance de cada ser humano en todo momento.
El triste viejo cristianismo del dogma, la culpa y la intolerancia dará lugar, durante el siglo XXI, a una nueva espiritualidad interreligiosa, filosófica, optimista y orientada hacia el futuro.
La tradición cristiana – así como otras religiones – puede y debe pasar por una muerte y un renacimiento. La disciplina espiritual es dura e inevitable para quien desea recorrer el camino místico. Pero ella no está hecha de tristeza o dogmatismo, sino de libertad interior, autorresponsabilidad y contentamiento.
La propia base de la tradición cristiana es pagana, panteísta y ecológica. Las principales fechas del calendario cristiano son adaptaciones de festividades no cristianas dedicadas a la celebración del sol y de los ciclos naturales.
La Pascua, por ejemplo, se conmemora cerca del equinoccio de primavera en el hemisferio norte, y del equinoccio de otoño en el hemisferio sur. En esta época del año, la noche y el día tienen la misma duración. A partir de la época de la Pascua, el equilibrio entre la luz y la sombra se rompe a favor de la luz solar, en el hemisferio norte. Por eso, tradicionalmente, la Pascua es vista como el anuncio de un nuevo comienzo y como algo que abre espacio al resurgir de la vida en todas las dimensiones de la naturaleza.
Hasta el siglo XIX, en ciertas regiones de Europa había la costumbre de salir a la naturaleza en la madrugada del día de Pascua y asistir al nacimiento del sol. Se tenía la convicción de que el astro rey bailaba alegremente ese día, justo por encima del horizonte, conmemorando el nuevo período anual de predominio de la luz.
En los países del hemisferio sur, donde la celebración de la Pascua marca la época del equinoccio de otoño, el momento anuncia la caminata hacia el invierno. En este caso, el renacimiento de la Pascua no es un proceso físico o externo. Es interior, espiritual. Exige renuncia y aceptación.
A finales del año, la Navidad es otro acontecimiento pagano del que se apropió el cristianismo. El nacimiento de Jesús es conmemorado durante el solsticio de invierno en el hemisferio norte, el apogeo de la estación fría, la época del año en que la noche es más larga (de ahí la nieve de algodón en los pesebres), mientras que en el hemisferio sur tiene lugar el apogeo del verano.
Es a partir del solsticio de invierno (20-25 de diciembre) cuando la luz ya no pierde más energía en el ciclo anual del hemisferio norte y vuelve poco a poco a recuperar su intensidad.
En la Roma pagana, el 25 de diciembre era conmemorado como “el día del nacimiento del sol invicto”. Fue solo a mediados del siglo IV de la era cristiana cuando los cristianos adoptaron la fecha para celebrar el nacimiento de Jesús, “el sol de la justicia”.
Así pues, el cristianismo es hijo y heredero de las antiguas tradiciones religiosas de comunión con la naturaleza y con los astros del cielo. Esto explica por qué el libro Eclesiástico (43:1-8), en la Biblia de Jerusalén, homenajea al sol y la luna de este modo:
“Orgullo de las alturas, firmamento de pureza, tal la vista del cielo en su espectáculo de gloria. El sol apareciendo proclama a su salida: ‘¡Qué admirable la obra del Altísimo!’. En su mediodía reseca la tierra; ante su ardor, ¿quién puede resistir? Se atiza el horno para obras de forja: tres veces más el sol que abrasa las montañas; vapores ardientes despide, ciega los ojos con el brillo de sus rayos. Grande es el Señor que lo hizo, y a cuyo mandato emprende su rápida carrera. También la luna: sale siempre a su hora, para marcar los tiempos, señal eterna. De la luna procede la señal de las fiestas, astro que mengua, después del plenilunio. Lleva el mes su nombre; crece ella maravillosamente cuando cambia, enseña del ejército celeste que brilla en el firmamento del cielo”.
Aunque Francisco de Asís sea famoso por su visión universal y panteísta de la naturaleza, mucho antes que él, el libro Eclesiástico, del autor judío Jesús Ben Sirá, ya exaltaba el relámpago, la nieve, las nubes, los pájaros, las montañas, el viento, el desierto, y los encaraba todos como aspectos externos del proceso divino universal.
Para la filosofía esotérica, la transformación de las inteligencias cósmicas en figuras humanas y personalizadas es un proceso de producción de metáforas e imágenes simbólicas. El universo ilimitado es un ecosistema inteligente. La Pascua simboliza, por tanto, el renacimiento espiritual de todos los seres como parte del ciclo anual y natural de la vida.
Para quien vive en el hemisferio sur, el equinoccio de primavera y el renacimiento físico ocurren lejos de la Pascua, alrededor del 23 de septiembre. En esta época del año, todas las formas de vida vuelven gradualmente a niveles más intensos de actividad.
La Pascua cristiana del hemisferio sur ocurre en otoño y es simétrica respecto a la Pascua primaveral del hemisferio norte. En el sur, la Pascua prepara y anuncia el invierno externo, produciendo igualmente una purificación interior. Cuando la vida comienza a retirarse del plano físico, florece mejor en el plano espiritual.
Antes del renacimiento interior, debe haber muerte, pérdida, renuncia, austeridad, “tapah” en sánscrito. Cuarenta días antes de la Pascua, en el apogeo de las dificultades y del frío en el hemisferio norte, comienza la cuaresma y el ayuno. La palabra “carnaval” viene del latín medieval carnelevarium, que significa “alejar la carne”, abstenerse de comer carne.
Para algunos, el ayuno sea tal vez una penitencia y un castigo. En verdad, comer menos y purificarse como preparación para un nuevo ciclo no tiene nada que ver con la culpa, el castigo o la infelicidad. La práctica moderada del ayuno es recomendable para la manutención de la salud. No es una práctica exclusivamente cristiana. Las más diferentes tradiciones religiosas incluyen el ayuno entre sus formas de disciplina, y un Maestro de los Himalayas escribió:
“El ayuno, la meditación, la pureza de pensamiento, palabra y obra; el silencio durante ciertos períodos de tiempo para dejar que la naturaleza misma hable al que se acerca a ella pidiendo información; el dominio de las pasiones y de los impulsos animales; el absoluto desinterés en la intención; la utilización de ciertos inciensos y fumigaciones con propósitos fisiológicos, todo eso ha sido divulgado como recursos en Occidente desde los días de Platón y Jámblico, y desde los tiempos mucho más remotos de nuestros Rishis indios”. [1]
El proceso de purificación interior que prepara un renacimiento no es necesariamente fácil. Un famoso fragmento de la Biblia ilustra la necesidad del coraje. El Nuevo Testamento cuenta que, cierto día, cuando ya faltaba poco para la Pascua judía, Jesús fue a Jerusalén. Llegando al templo, vio vendedores de bueyes, ovejas, palomas y varios cambistas cómodamente sentados y tratando de ganar dinero. Armado de un látigo, Jesús los expulsó del templo (Juan 2:13-22).
Una primera conclusión que puede sacarse de este episodio es que la Pascua no debe ser excesivamente explorada como un evento comercial. No hay nada malo en comprar y vender. Lo que se debe evitar es la confusión entre lo comercial y lo sagrado.
En este fragmento, la idea de comercio también es simbólica. Se refiere a toda búsqueda de lucro o interés personal a costa de otros. El templo es la consciencia de cada individuo. Los “mercaderes” que hay que “expulsar” son la codicia, el miedo y la ambición egoísta.
La verdadera Pascua tiene lugar en el mundo del alma, y para vivirla es necesario dejar de lado la avidez de ganancias personales, materiales o sutiles. La Pascua celebra el renacimiento interior que viene después de que el yo personal tome la decisión de dejar de comportarse como si fuese el centro único del universo. Esto ocurre como consecuencia de haber descubierto la bendición eterna que hay más allá de las ilusiones personales de corto plazo.
En toda caminata espiritual hay resistencias que vencer. Por ello, en el episodio de la expulsión del templo, los vendedores discuten con Jesús y el maestro plantea un desafío que anticipa el futuro:
“Destruid este templo y en tres días lo levantaré”.
El Evangelio añade que Jesús no se refiere al templo externo, sino a su propio cuerpo.
El cuerpo físico humano es un santuario y debe ser respetado. En él habita un espíritu divino, un alma inmortal. Este templo puede ser destruido, porque la muerte es una necesidad de la naturaleza, pero resurgirá, porque a cada muerte le corresponde un renacimiento. Como Pitágoras y la sabiduría oriental, la filosofía esotérica enseña que la reencarnación es una ley.
El lenguaje del Nuevo Testamento es simbólico: no todo puede decirse abiertamente en cualquier momento. Hay que tener cuidado con las palabras. Jesús hablaba al pueblo contando historias que tienen varios niveles de significado, y un día explicó lo siguiente a sus discípulos más cercanos:
“A vosotros os es dado saber el misterio del reino de Dios; mas a los que están fuera, por parábolas todas las cosas; para que viendo, vean y no perciban; y oyendo, oigan y no entiendan” (Marcos 4:11-12).
Por tanto, en la enseñanza de Jesús existe un aspecto esotérico (interno) y otro exotérico (externo), “para los de fuera”. Una condición central para tener acceso al aspecto interno de la enseñanza es la práctica de las lecciones de esta en la vida diaria.
“Todo el que me oye estas palabras y las pone en práctica es como un hombre prudente que construyó su casa sobre la roca”, dijo al pueblo. “Cayeron las lluvias, crecieron los ríos, y soplaron los vientos y azotaron aquella casa; con todo, la casa no se derrumbó porque estaba cimentada sobre la roca” (Mateo 7:24-25).
Las escrituras sagradas de las diferentes tradiciones son colecciones de mitos y parábolas que deben interpretarse. Funcionan como grandes redes lanzadas por los pescadores de almas al mar abierto de la humanidad. Esta “pesca” atrae a los círculos internos a quienes poseen un discernimiento maduro e intentan continuamente practicar lo que aprenden, de modo gradual, pero creciente.
Tales aprendices viven en armonía con la enseñanza, y por eso van adquiriendo “ojos para ver” y “oídos para oír”. Poco a poco, la sabiduría espiritual forma una especie de templo en la mente del discípulo. Este santuario interior debe ser protegido de las oscilaciones de corto plazo.
El hecho de que Jesús usaba alegorías indica una clave para leer correctamente los Evangelios. Y la propia narración de la vida de Jesús es una parábola. Los Evangelios fueron escritos con base en enseñanzas y narraciones de religiones y tradiciones más antiguas que el cristianismo, incluidos el hinduismo y el budismo. [2]
El nacimiento del Maestro, la traición que sufrió por parte de alguien muy cercano y que lo llevó a la muerte, su resurrección, e incluso la promesa de una “segunda venida” son, todos, puntos que coinciden con una leyenda egipcia mucho más antigua que los evangelios cristianos: la leyenda de Osiris. Y hay otros elementos que el cristianismo adoptó de la tradición egipcia, como veremos.
La costumbre de hablar mediante parábolas está presente en las antiguas escuelas de misterios. En Occidente, era una característica central de la enseñanza de Pitágoras, 500 años antes de la era llamada cristiana. El cristianismo romano se alimentó abiertamente del mundo griego. El propio sacrificio de Sócrates, que vivió entre los años 470 y 399 antes de la era cristiana, ya fue comparado con la leyenda evangélica de la muerte de Jesús por el pensador brasileño Alceu Amoroso Lima. [3]
Helena P. Blavatsky explicó:
“Cada actitud del Jesús del Nuevo Testamento, cada palabra atribuida a él y cada hecho relacionado con él durante los tres años de la misión que se dice que cumplió se basan en el ciclo de la iniciación, un ciclo fundamentado en la precesión de los equinoccios y los signos del zodíaco”. [4]
El propio ciclo de la iniciación es mencionado en la leyenda de los Evangelios cuando Jesús se refiere al “camino angosto que solo unos pocos encuentran” (Mateo 7:13-14).
En “Isis Sin Velo”, HPB escribió:
“Era la doctrina de la antigua India la que Jesús predicaba al recomendar la completa renuncia al mundo y sus futilidades para alcanzar el reino de los cielos, el Nirvana…”. [5]
Jesús enseñaba sobre la resurrección y la describía como algo que estará al alcance, algún día, de todos aquellos que recorran el “camino angosto”. Pero ¿qué es exactamente la resurrección?
Hay varios niveles de respuesta para esta pregunta.
Por un lado, la gran resurrección constituye un proyecto de largo plazo. Es la liberación espiritual completa, la iluminación definitiva, alcanzada solamente por grandes sabios después de haber recorrido, como Jesús, “todo el ciclo de la iniciación”, un proceso que involucra repetidas encarnaciones.
Por otro lado, existe también una modalidad de resurrección que solo está un paso por delante de nosotros. Podemos vivirla en pequeña escala y en la etapa de desarrollo en la que nos encontramos. Este es un detalle decisivo. Toda caminata larga debe comenzar con un primer y pequeño gesto hecho exactamente donde uno se halla.
El primer paso depende únicamente de cada uno, y cada paso es siempre el primero de la extensa caminata. El largo ciclo de las iniciaciones es vivido en pequeña escala en el día a día, porque el microcosmos refleja el macrocosmos. El sistema solar está presente en cada átomo. El camino del autoconocimiento encuentra su resumen fiel en un día de 24 horas y en una semana de siete días. El descanso de la noche – y el final de la semana – son como la resurrección.
La celebración de la Pascua – una costumbre seguramente prejudaica e interreligiosa – constituye una prueba viva de que la evolución del alma se da en comunión con el ciclo anual del sol, y de que coincide con el ciclo de las grandes iniciaciones de la filosofía oriental.
Los huevos de Pascua son una herencia de los festivales paganos de primavera en el hemisferio norte. Simbolizan el renacimiento de la vida en toda su variedad. La presencia del conejo en ese “festival de renacimiento” pertenece a la cultura egipcia. La liebre era un símbolo de la fertilidad y representaba la periodicidad de los ciclos naturales de la vida. Según la tradición, el conejo escondía huevos de Pascua para que los niños los buscasen.
Los niños están relacionados con la Pascua porque son símbolos indiscutibles del reinicio de la vida. Internamente, todo ser humano es como un niño hasta el final de su existencia, porque hay algo en él que siempre está renaciendo. Cuando el individuo pasa a ser consciente de esto, vive más directamente la primavera permanente que se oculta en cada una de las cuatro estaciones del año. Y eso no es todo. Vive también con más eficiencia el ciclo mayor de las cuatro edades de una vida completa.
El otoño simboliza la madurez; el invierno, la vejez; la primavera, la infancia; y el verano, la juventud. Las cuatro edades son igual de importantes. No es suficiente ser como un niño para tener acceso al reino de los cielos, es decir, a la consciencia nirvánica. Para alcanzar la iluminación, es necesario vivir simultáneamente las cuatro estaciones del año cada día.
Se debe combinar la confianza y la capacidad de aprender, características de la primavera, con la fuerza y el coraje del verano, que corresponde a la juventud. La madurez del otoño está asociada a la sabiduría y a la humilde renuncia, típicas del invierno. El ciclo entero es sagrado, y cada Pascua celebra su conjunto.
NOTAS:
[1] “Las Cartas de los Mahatmas”, Editorial Teosófica, Barcelona, España, 1994, carta 49, p. 405.
[2] Para ver una demostración del carácter legendario de los Evangelios cristianos, examínese el largo fragmento de la obra “Isis Sin Velo” en el que Helena Blavatsky hace un estudio comparado de las narraciones sobre las vidas de Krishna, Buddha y Jesús (“Isis Unveiled”, vol. II, pp. 537-539).
[3] Platón, “Apología de Sócrates”, introducción de Alceu Amoroso Lima, Edições de Ouro, Rio de Janeiro, 16.ª edición, 138 páginas.
[4] “Reply to the Mistaken Conceptions of the Abbé Roca Concerning My Observations on Christian Esotericism”, texto incluido en “Collected Writings”, Helena P. Blavatsky, edición en 15 volúmenes. Ver volumen IX, TPH, India, 1962, 488 pp., página 225, nota al pie.
[5] “Isis Unveiled”, vol. II, p. 286.
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El artículo “La Pascua Como Renacimiento Interior” está publicado en los sitios web de la Logia Independiente de Teósofos desde el 16 de diciembre de 2025. Se trata de una traducción del portugués, que ha sido hecha por el teósofo español Alex Rambla Beltrán. Texto original: “A Páscoa Como Renascimento Interior”. El artículo forma parte también de la edición de Marzo de 2024 de “El Teósofo Acuariano”, pp. 8-14.
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Helena Blavatsky (foto) escribió estas palabras: “Antes de desear, trata de merecer”.
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